Pirlo – Baggio, una sociedad efímera

Andrea Pirlo y Roberto Baggio con la camiseta del Brescia

Las carreras profesionales de Roberto Baggio y Andreo Pirlo han seguido patrones en cierta manera similares. Dotados de una técnica reservada a unos pocos, ambos han vestido, en diferentes etapas, las camisetas de Milan, Inter, Juventus y Brescia. Los dos han sido piezas clave, cada uno en su época, de la Nazionale italiana. Es más, tanto Roberto como Andrea pueden considerarse “víctimas” del sistema táctico de Marcello Lippi en su estancia en el Inter de Milán. No obstante, pese a coincidir la última etapa como profesional de Baggio con los inicios de Pirlo en el alto nivel, tan solo han compartido vestuario en dos breves etapas: un año de amargo recuerdo para ambos en el Inter y, dos temporadas después, apenas unos meses -bastante prolíficos, eso sí- en el Brescia.

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Fútbol en las trincheras

Soldados jugando al fútbol. Fuente: OTAN.

Al llegar la Navidad de 1914, la primera desde el inicio de la I Guerra Mundial, se dio una circunstancia insólita en el campo de batalla. A lo largo del frente desplegado entre las fronteras de Francia y Bélgica, cerca de Yprès, se desataba una tregua espontánea entre los soldados británicos y alemanes apostados en trincheras a un lado y otro del escenario bélico. Los relatos de los allí presentes nos hablan de cómo los alemanes cesaron el fuego en la tarde del 24 de diciembre y comenzaron a cantar villancicos. Algo ante lo que los británicos, sorprendidos, correspondieron entonando otras canciones navideñas en su propia lengua, a pesar de que en ese momento se calcula que 40.000 de sus hombres habrían perdido ya la vida en los apenas cinco meses que se llevaban de contienda.

Soldados de ambos bandos fueron poco a poco abandonando sus trincheras y adentrándose en tierra de nadie para estrechar la mano de sus rivales e intercambiar pequeños detalles como botellas de alcohol o cigarrillos. Ambos ejercitos aprovecharon la calma para retirar y enterrar los cadáveres de sus compañeros caídos; incluso hay quien asegura que se rezaron oraciones conjuntas por sus almas. La tregua fue propagándose poco a poco por otros puntos del frente, pese a la firme oposición de los oficiales. En medio de la confraternización, de este brote espontáneo de la más absoluta humanidad en las circunstancias más hostiles para el ser humano, un elemento surgió como nexo de unión entre ambos: el fútbol.

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Hans-Günter Bruns, el gol que no fue

El gol que nunca fue

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Nacido en 1954 en la región de Renania del Norte-Westfalia, Hans-Günter Bruns desarrolló su larga carrera profesional entre la década de los setenta y los ochenta. Capaz de desempeñar indistintamente las labores de centrocampista o defensa, Bruns comenzó su trayectoria en el Schalke 04 y pasaría más tarde por el Wattenscheid y el Fortuna Düsseldorf, club con el que ganó la Copa de Alemania en la temporada 79-80. El grueso de su carrera lo pasó sin embargo en el Borussia Möenchengladbach. Allí llegó Bruns en los coletazos finales de la época dorada del Borussia, precisamente en la última temporada de Udo Lattek en el banquillo. El entrenador que, junto con Hennes Weisweiler, había llevado al club a disputar la hegemonía del fútbol germano a su antiguo equipo, el todopoderoso Bayern de Munich.

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Rodney Marsh. ¿El Pelé Blanco?

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Los años sesenta eran otros tiempos. La sociedad británica asistía a la irrupción de una nueva generación de jóvenes de idiosincrasia rebelde y estética desenfadada, ajenos ya a las penurias dejadas por la gran guerra en la vieja Albion. Eran los años en los que Beatles y Rolling Stones revolucionaban la música y simbolizaban una nueva manera de vivir. Y el fútbol, como propia expresión de talento, no era ajeno a esta especie de revolución social.

En un estilo especialmente tosco y rudimentario como el inglés, poco abierto a la fantasía, apareció de la nada una generación de jugadores de notable talento, adelantados a su tiempo, preocupados a partes iguales por la diversión, la estética y el deporte. Ávidos de fama, protagonistas de continuas juergas, dolor de cabeza de técnicos y puristas del juego. Quizás la historia nos ha dejado a George Best como el máximo exponente de esta camada de futbolistas, el único de todos ellos que alcanzó lo más alto tanto a nivel individual como colectivo. Sin embargo, fuera de las islas británicas apenas se recuerda a Rodney Marsh, uno de sus mayores compañeros tanto en el césped, como en los pubs.

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