Frank Worthington, el fantasista que calzaba botas de cowboy

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El chico de tupé y largas patillas que admiraba a Elvis Presley. Aquel delantero zurdo que no usaba espinilleras. “El George Best de la clase trabajadora”, como una vez lo definiera su entrenador en Huddersfield y Bolton, Ian Greaves. El juerguista confeso, el womaniser, el individualista incorregible. El jugón que en sus más de dos décadas de carrera profesional no pudo ganar nunca un título en la alta competición. El héroe en la infancia de Gary Lineker. El delantero que no superó el reconocimiento médico con el Liverpool, se fue de farra a Mallorca en vez de descansar, y volvió para no superar tampoco la prueba física al segundo intento. “Si hubiera fichado por los reds, mi único límite habría sido el cielo”, diría un no del todo arrepentido Frank décadas más tarde. Ninguno de estos titulares habría servido para condensar por sí mismo toda la excentricidad, la locura, el talento, toda la grandeza de Frank Worthington, uno de los tipos más peculiares que ha dado nunca el fútbol inglés.

Frank Stewart Worthington nació el 23 de noviembre de 1948 en Halifax, localidad de unos 82.000 habitantes en la región de Yorkshire. Crecido en el seno de una familia muy futbolera -su padre y sus dos hermanos mayores también fueron jugadores profesionales-, Frank entendió desde muy pequeño en las calles de su barrio que existía una manera de contrarrestar a sus tres familiares, más altos y fuertes que él: la técnica.

Imagen de colorsport.co.ukCon esa premisa comenzó Frank su carrera profesional en el Huddersfield Town con apenas 16 primaveras. Los terriers caminaban en ese momento por la Second Division, aunque el talento de Worthington y sus 18 goles llevaron al equipo al primer puesto del campeonato en la temporada 69-70, siete puntos por encima del segundo clasificado Blackpool, y a conseguir, por tanto, el ascenso a primera. El Huddersfield Town volvía así por fin, tras catorce años de ausencia, a una competición que ya ganó tres años consecutivos entre 1923 y 1926.

En su retorno a la First Division, el Town consiguió quedar decimoquinto y mantenerse sin excesivos problemas un año más en la élite. La temporada daría incluso algún que otro hito para la memoria de sus seguidores, como la victoria 2-1 sobre el Arsenal, que venía de ganar la FA Cup. Ahí estaba el jovencito Frank para conseguir el gol decisivo y contribuir, a nivel global, con 10 importantes tantos a la buena marcha del Huddersfield esa campaña.

La afición estaba más que entregada ya a sus filigranas, el equipo jugaba un fútbol vistoso y se codeaba con los clubes más prestigiosos del país tras décadas en el ostracismo. El club volvía a rememorar viejos tiempos de gloria. Pero esos años dorados del Town no estuvieron exentos de problemas con Worthington, la estrella indiscutible. Su entrenador, Ian Greaves, se veía obligado a reprimirle en constantes ocasiones: no hacía caso de sus órdenes en los entrenamientos, simplemente no le interesaban. De cualquier modo, armados de paciencia, los técnicos optarían siempre por hacer la vista gorda ante esa irreverencia. Como el propio Greaves reconocería más adelante, lo mejor para todos era resignarse y dejar libertad a Frank para que él se preparara como quisiera. “Cómo le ibas a dar ordenes a un jugador capaz de hacer las cosas que hacía él con el balón”.

Imagen de TheFA.com

La temporada siguiente el sueño tocó a su fin, el Huddersfield consumó su descenso a segunda división. Frank solo pudo anotar cinco goles, aunque la campaña no fue del todo improductiva para él, ya que nada más terminar la liga fue convocado por la selección sub 23 inglesa.

Los miembros del cuerpo técnico encargados de recibirlo en el aeropuerto de Heathrow no pudieron más que llevarse las manos a la cabeza al verlo aparecer allí hecho un auténtico cromo: chaqueta amarilla de terciopelo, camisa roja de seda y botas de cowboy con tacón. “Supongo que siempre he sido un poco estrafalario, pero nunca me ha importado si la gente me acepta o no”, relataba Frank en su biografía One Hump or Two, ya en los años noventa.

Llegó un momento que pudo cambiar –para bien- el devenir de la prometedora carrera de Worthington, el deseado punto de inflexión. Era el verano del 72. El Liverpool se presentó en las oficinas del Huddersfield con una oferta récord por su fichaje: 150.000 libras esterlinas. El pase estaba prácticamente cerrado, solo faltaba completar el habitualmente rutinario reconocimiento médico y firmar. En el último momento, todo se torció. Frank no superó la prueba, los análisis denotaban una tensión arterial demasiado alta. “Mi padre acababa de morir, así que supongo que eso explicaría que sufriera algún tipo de ansiedad. Pero la verdad es que también disfrutaba de las virtudes de ser joven”, explicaba más tarde el propio futbolista. Los rumores apuntaban a que el causante real de ese suspenso médico no habría sido sino una inoportuna gonorrea contraída en uno de tantos excesos. Bill Shankly, consciente de sus enormes posibilidades como futbolista, le instó a que se tomara unos días de descanso y volviera más tarde para realizar un segundo chequeo. El sueño red seguía en pie.

Siguiendo esas indicaciones, Frank cogió las maletas y escogió Mallorca -craso error- como destino para esos días de relax. A su vuelta a Liverpool tampoco conseguiría pasar el reconocimiento médico. Su mayor oportunidad deportiva se derrumbaba definitivamente. Entre otras locuras confesadas a posteriori en su biografía, Worthington reconocía haberse dejado llevar por el ambiente festivo de la isla y practicado un trío con dos suecas. Madre e hija, para más señas. Poco importó que en aquella época estuviera enrollado con Miss Reino Unido.

Ante este segundo suspenso médico, el Liverpool descartó su fichaje y contrató en su lugar a un tal John Benjamin Toshack. Frank tuvo que conformarse con un equipo de menor nivel, el Leicester City, y su club de procedencia, el Huddersfield, con bastante menos dinero por su venta.

Frank Worthington en el Leicester CityEn Leicester pasaría Frank las cinco temporadas posteriores, un total de 210 partidos jugados en los que marcaría 72 goles. Sin grandes éxitos colectivos, más allá de permanecer ese lustro en la élite del fútbol inglés. A nivel individual, Wothington consiguió en esa época uno de los mayores –y escasos- hitos de su carrera: la llamada de Joe Mercer para su renovada selección inglesa, en pleno reciclaje tras el juego tosco que había marcado los últimos años de la era Ramsey. Su debut se produjo en Wembley el 15 de mayo de 1974, en un partido contra Irlanda del Norte. Su primer gol con el equipo nacional inglés, en un empate a 2 contra Argentina unos días después en el mismo estadio. La carrera de Worthington con la selección sería igual de breve que la de Mercer al frente del equipo. Un total de ocho partidos, en los que marcó dos goles. La inmediata llegada al banquillo de Don Revie, el hombre que había hecho del Leeds el equipo más exitoso y repudiado de Inglaterra, frenó en seco las aspiraciones internacionales de Frank. “No tengo tiempo para entrenadores como Revie o Graham Taylor. Parece que solo les preocupe eliminar el talento individual”, diría Worthington mucho más tarde.

 

Amante del juego vistoso, Frank salía al campo a divertir más que a ganar. Los resultados del equipo eran algo secundario. Precisamente fue la falta de talento de sus compañeros uno de los motivos que condujo a su salida del Leicester. Y por la puerta de atrás. En comentarios a la prensa tras un mal partido, Worthington soltó ante los micrófonos que se agolpaban frente a su figura lindezas del tipo “algunos jugadores de mi equipo desplazan el balón más lejos al tratar de controlarlo de lo que puedo alcanzar yo con un disparo”. Imposible jugar bien así, pensó Frank, y se marchó del club.

Esto sucedía en el verano de 1977. Worthington ya no era ningún jovencito al que perdonarle las salidas de tono. Ian Greaves, su primer entrenador como profesional, lo rescataría en este punto para llevárselo con él al Bolton Wanderers. Todo parecía ir mejor con Greaves de nuevo al mando. El propio Frank aseguraba estar sentando la cabeza con la llegada de la treintena: “En vez de salir siete noches a la semana, ahora solo salgo seis”. Su rendimiento como futbolista alcanzó un nuevo pico.

Frank Worthington en el Bolton

En la primera temporada con el Bolton, el equipo logró el ascenso a la First Division. En la segunda campaña, Frank sería decisivo para que los trotters mantuvieran la categoría. De hecho, Worthington fue el máximo goleador de la competición esa 78-79 por delante de Kenny Dalglish, con tantos tan espectaculares como el que podéis ver a continuación.

 

Con un breve paso veraniego por el Philadelphia Fury, en la liga americana, Frank Worthington marchó al Birmingham, en la segunda división inglesa. En total fueron tres años de contrato interrumpidos por dos cesiones: al Mjällby sueco y al Tampa Bay Rowdies de Estados Unidos, que ya había acogido en sus filas años antes a otro de los jugadores de culto de la época, Rodney Marsh.

A partir de ahí, un Worthington ya entrado en años paseó en etapas breves por Leeds –donde, a pesar de conseguir 14 goles en 32 partidos, no evitó el descenso del equipo a segunda división-, Sunderland y Southampton, con el que quedó segundo clasificado en liga, solo tres puntos por detrás del campeón Liverpool. En la 84-85, Frank fichó ya por un club de la segunda categoría, el Brighton & Hove Albion, para pasar más tarde al Tranmere Rovers, en la Fourth Division, en condición de entrenador-jugador. Preston North End y Stockport serían sus últimos destinos antes de retirarse en 1987 con 39 años. Solo retornaría en 1991, a los 43, para cumplir una tradición familiar: jugar con el Halifax Town, el equipo de su ciudad de nacimiento, al que habían pertenecido ya muchos años atrás su padre y sus dos hermanos mayores.

Worthington dejaba el fútbol tras más de dos décadas de carrera sin conseguir títulos de importancia, aunque habiendo conquistado el corazón del aficionado en todos los clubs a los que perteneció. Al fin y al cabo, esa era la mayor ambición de Frank sobre el césped: “mi juego es más importante que la victoria del equipo”, solía decir. Son muchos los que piensan que un Worthington centrado y sin excesos –más tarde confesaría haber esnifado cocaína y fumado marihuana con regularidad durante sus años de profesional- habría podido ser perfectamente el jugador inglés más destacado de la época. “Nunca he sido lo que se dice un ángel, pero no hay nada que haya ido antes en mi vida que el fútbol”, reconocía el jugador en sus memorias. “Solo me arrepiento de una cosa, de no haberme tomado las cosas más en serio para ir a Liverpool. Allí, mi único techo habría sido el cielo”. En Anfield saben lo que se perdieron.

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