Gigi Meroni, la otra gran pérdida del Torino

Gigi Meroni recoge un balón de la red tras marcar un gol con el Torino

Este martes se cumplen 46 años del trágico fallecimiento de Gigi Meroni, la gran estrella del Torino de los ’60.

La historia del Torino ha estado tremendamente marcada por la tragedia. La crueldad del destino como obstáculo inexpugnable a las puertas del tan anhelado como merecido éxito deportivo. Imborrable en la memoria de la familia granata el accidente de aviación que el 4 de mayo 1949 terminaba de un plumazo con el mito del Grande Torino, la mejor generación de futbolistas que ha tenido este club y, seguramente, el equipo más potente que había conocido hasta entonces el fútbol europeo. Aquel fatídico día, el avión pilotado por Pier Luigi Meroni traía de vuelta de un partido amistoso en Lisboa al cuerpo técnico y los dieciocho jugadores del Torino. La densa niebla provocó que la aeronave se estrellara junto a la Basílica de Superga, a pocos kilómetros de su destino. Dieciocho años después de aquel suceso que conmocionó al mundo del fútbol, justo cuando el Torino volvía a asomar la cabeza en la élite, el club tuvo que afrontar el fallecimiento de su nueva gran estrella. Caprichos del destino, ese jugador –también- se llamaba Luigi Meroni.

Il Giocatorebeatnik‘. El artista que jugaba al fútbol.

Luigi ‘Gigi’ Meroni nace el 24 de febrero de 1943 en Como, la pequeña ciudad lombarda a orillas del lago del mismo nombre. La suya no es una infancia fácil. Queda huérfano de padre a los dos años y, apretado por la necesidad, comienza desde muy joven a elaborar corbatas de seda para contribuir a la maltrecha economía familiar. Pero a Luigi también le queda tiempo para jugar al fútbol. Destaca pronto en un pequeño equipo local, después en los juveniles del Como, llegando incluso a debutar con el primer equipo en la Serie B italiana con apenas 18 años. Su impacto en el fútbol italiano sería inmediato. Ese chico no es como los demás.

Es a primera vista un jugador diferente, tanto en el campo como fuera de él. Escapa completamente de cualquier estereotipo relacionado con el futbolista italiano de principios de los sesenta. A menudo comparado más tarde con George Best, Gigi Meroni se destapa como un extremo capaz de jugar en ambas bandas que maravilla a aficionados propios y rivales con su verticalidad, con una extraordinaria habilidad innata para encarar y romper al defensa rival. Es un oasis de creatividad y anarquía en el desierto de catenaccio y férrea táctica en el que se sumía el fútbol italiano en esa época. Para sus detractores, un jugador destinado más al espectáculo que a la consecución de resultados.

Gigi MeroniPero al joven Gigi no sólo le interesa el balón. Pese a ser un chico de provincias, con lo que eso suponía en la conservadora mentalidad italiana del momento, Meroni cultiva de manera paralela una sensibilidad especial para las artes. Si su juego choca de lleno con el estilo de la época, no menos lo hacen su personalidad, aspecto y gustos; elementos propios de un verdadero bohemio, demasiado transgresores para la Italia de 1960. Gigi luce melena, largas patillas y barba poblada. Viste al estilo británico, como lo hacen los Beatles, con atuendos que él mismo se encarga de diseñar. Es un entusiasta de la música jazz y considera el de pintor su verdadero oficio. En sus ratos de ocio pasea por las calles acompañado de una gallina atada a una correa. “Otros tienen un perro de mascota. Pues yo tengo una gallina. ¿Es que hay algún problema con eso?”, contestaba Meroni a quienes lo contemplaban incrédulos. Ese carácter provocador le valdría no pocas críticas por parte de la prensa y diversos sectores de la sociedad italiana que más tarde marcarían su trayectoria en la Selección Nacional.

Gigi Meroni en su faceta de pintor, junto a uno de sus autorretratos

Gigi Meroni en su faceta de pintor, junto a uno de sus autorretratos.

Sus actuaciones en las dos temporadas que juega en Serie B con el Como hacen que el Genoa, uno de los clubes más importantes del país y recién ascendido a la primera división italiana, invierta 40 millones de liras por su fichaje. Corre el año 1962. Génova prueba ser una ciudad más abierta, más moderna, mucho más acorde a su estilo que la vieja Como. Es allí donde termina de explotar tanto su habilidad para el fútbol como su figura de bohemio. Excentricidades como su irrupción en plena iglesia para evitar la boda de su amada Cristiana Uderstadt con un director de cine romano y su posterior convivencia extramatrimonial con ella escandalizan a toda Italia. En el estadio, sus regates ponen patas arriba cada domingo la grada del Marassi.

Gigi Meroni con su gallina

Tanto por la brillantez de su fútbol como por la polémica que rodea su personalidad libre y contestataria, Meroni ya no es ningún desconocido en la sociedad italiana. El verano de 1964, el Torino paga 300 millones de liras por su traspaso, una cifra récord en ese momento tratándose de un jugador de tan sólo 21 años.

La ‘farfalla granata’. El nuevo ídolo del Torino.

Gigi Meroni llega al Torino para ser una de las piedras angulares del recién estrenado proyecto de Orfeo Pianelli. El empresario había comprado el club dos años atrás con un claro objetivo: devolverlo al primer escalón del fútbol italiano, del que sólo pudo caer a raíz de la tragedia de Superga.

Al timón de aquel equipo estaba el mito Nereo Rocco, célebre creador del catenaccio y reciente ganador de la Copa de Europa en el banquillo del Milan. En una estrategia tan defensiva como la de Rocco, Meroni recibiría libertad total para poner la creatividad y la profundidad en el campo. La misma libertad y confianza que recibía fuera del césped por dos tipos como Rocco y Pianelli, quienes, a pesar de su fama de duros e inflexibles, hacen a menudo la vista gorda con Gigi, lo tratan como a un hijo, perfectamente conscientes los dos del potencial futbolístico del extremo y de la importancia de hacerlo sentir a gusto.

No se arrepentirían entrenador y presidente del Torino. Tras una fantástica primera temporada de Meroni en el equipo, éste pudo hacerse con la tercera plaza de Liga en la 1964-65. Meroni es el referente en ataque y el ídolo indiscutible de la grada, que desde entonces lo apoda “la mariposa grana” y sueña con volver a conseguir un ‘Scudetto‘ por primera vez desde la tragedia del Grande Torino. Visto el rendimiento del extremo, la Federación Italiana también decidía pasar por alto su rechazo a las maneras de Gigi fuera del campo y lo convocaba por primera vez con la Selección Nacional.

Gigi Meroni, en un partido con el Torino.

El fiasco de la Nazionale

Gigi destaca con Italia en los partidos amistosos de preparación para el Mundial de 1966 contra Argentina y contra Bulgaria. Tras una serie de discusiones con el seleccionador Edmondo Fabbri a raíz de su aspecto, las crónicas cuentan que Meroni accede a visitar la peluquería para retocarse la melena y conseguir su plaza para la cita de Inglaterra. Pero la defensiva Italia del 66 no es el hábitat adecuado para la magia de Gigi. Es uno de esos jugadores que el periodista Gianni Brera califica como ‘abatini’, término aplicado a futbolistas dotados de gran talento pero de poca utilidad para un equipo centrado exclusivamente en defender.

El resto es historia. La Selección Italiana sufre en ese campeonato su mayor humillación deportiva: pierde contra Corea del Norte en Middlesbrough por un gol a cero y se vuelve a casa en la primera fase. Aunque Meroni apenas juega unos minutos en el torneo, el extremo se erige en uno de los cabezas de turco para la prensa, que lo acusa de anárquico e, incluso, de “deshonrar” la camiseta italiana con su aspecto.

El acuerdo roto con la Juventus

Aun denostado por la prensa y buena parte de la sociedad italiana, Gigi Meroni seguía siendo el ídolo del Torino y el máximo deseo de la Juventus. Tal era la devoción de la grada granata por su estrella que cuando Gianni Agnelli se presentó en las oficinas del Torino con una oferta de 750 millones de liras para vestirlo de bianconero la afición salió en masa a las calles de Turín para evitarlo. El traspaso era vital para reencauzar la difícil situación financiera del Torino, pero vista la reacción popular, a Orfeo Pianelli no le quedó más remedio que dar marcha atrás y detener el traspaso.

MeroniAgradecido por el cariño recibido, Meroni pudo quedarse en el club para hacer su mejor temporada con la camiseta del Torino en la 66-67 -31 partidos de liga, 9 goles marcados- y seguir enamorando a la grada con sus regates. Tras un mal inicio de campaña, el Torino consiguió finalizar séptimo el campeonato italiano gracias guiado por un Meroni estelar.

La visita al Inter de Milán en San Siro es el partido de aquel año que con más cariño guardan en su memoria los tifosi. Allí vieron a Gigi Meroni darle la tarde al temible Giacinto Facchetti y culminar su exhibición con una auténtica obra maestra, una vaselina sutil a la escuadra que Giuliano Sarti sólo pudo seguir con la mirada. Un gol tan bello como decisivo, pues permitió al Torino lograr una histórica victoria por 1-2 y terminar con una racha de imbatibilidad en casa de tres años de la Grande Inter de Helenio Herrera. Son los mejores momentos de Meroni como futbolista, pero el azar esperaba vestido con toda su crueldad para bajar de nuevo al Torino de lo más alto.

Un nuevo final dramático

El 15 de octubre de 1967 es un domingo soleado en Turín. El Toro gana su cuarto partido de la temporada por 4 a 2 a la Sampdoria. Tras el encuentro, Gigi Meroni abandona la concentración post-partido en el Stadio Comunale junto al lateral Fabrizio Poletti para acudir a una heladería cercana a la casa de Meroni.

Cruzando Corso Re Umberto, a escasos metros de su destino, ambos jugadores se detienen en la mediana y, sorprendidos por un coche que circula demasiado rápido, dan un paso atrás. No tienen tiempo para percatarse de que en sentido contrario marcha un Fiat 124 Coupé. El vehículo roza el cuerpo de Poletti, pero Meroni no tiene la misma de suerte, es embestido de lleno y, tras ser golpeado a continuación por un segundo vehículo, cae al suelo malherido. Del Fiat 124 Coupé desciende aterrorizado su conductor y único ocupante, Attilio Romero, un joven de 19 años que acaba de sacarse el carnet de conducir. Se trata de un seguidor incondicional del Torino que viene también de disfrutar de otra exhibición de su ídolo Gigi en el Comunale. Tan apasionado es de su juego que tiene la habitación llena de fotografías del extremo, incluso lleva una consigo en el interior de su Fiat. Multitud de seguidores se aproximan rápidamente junto a Attilio Romero al lugar del suceso y contemplan petrificados la imagen: es la farfalla granata quien yace en el pavimento al borde de la muerte.

El lugar del accidente se encuentra demasiado cerca del campo del Torino y el tráfico sigue siendo denso tras el partido, de nada sirve llamar a una ambulancia. Aunque un seguidor del Torino se presta a llevarlo a toda prisa en su coche, Gigi Meroni muere pocas horas después en el hospital Mauriziano de Turín. La farfalla granata convertida en mito a sus 24 años, otro capítulo más de la historia del Torino salpicado por la tragedia. También por otra increíble casualidad, pues aquel seguidor incondicional de Meroni que tan accidentalmente había terminado con su vida asumiría 33 años más tarde la presidencia del Torino.

 

El merecido homenaje al mito

La tragedia llenó de duelo Turín en los días posteriores al accidente. Más de 20.000 personas participaron en su funeral, evento al que también acudieron numerosos seguidores de la Juventus en solidaridad con el rival y vecino.

Monumento homenaje a Gigi Meroni en Corso Re Umberto

Monumento en Corso Re Umberto,  homenaje a Meroni.

Pero el fútbol tuvo que seguir de nuevo para el Torino. Sólo una semana después de la muerte de Meroni, la quinta jornada de Liga deparaba un Derby della Molle con la Juventus como equipo local en el Comunale. Con la banda repleta de ramos de flores en recuerdo del héroe caído y demasiado acostumbrado quizás a la tragedia, el Toro salió al campo enrabietado en busca del mejor homenaje para Meroni. Al final del partido, 0-4 para los granata, su mayor triunfo contra la Juve en toda la época post-Superga. Los tres primeros goles son obra de Nestor Combin, el mejor amigo de Gigi en el campo, que con 39 grados de fiebre no quiso perderse la cita. El cuarto tanto, cargado de simbolismo, lo consigue Alberto Carelli vestido con la camiseta del número 7 que hasta una semana antes había llevado el mito Meroni. El equipo seguiría luchando el resto de aquella temporada para brindar a su estrella un título póstumo, la Coppa Italia de 1968, el único en el palmarés de un jugador que de no ser por la fatalidad de su destino habría a marcado a buen seguro una época en el fútbol europeo.

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